Recuerdo su sonrisa. Era
natural, brillante, como la nieve que nos rodeaba la mayor parte de las
ocasiones en que la compartía generosamente. Para nosotr@s era importante su
presencia, su cercanía nada disimulada, que contagiaba confianza y deseo por
conquistar la montaña. La mayoría eramos principiantes en lo de competir,
apenas unos cuantos revolcones y muchas risas creyéndonos esquiador@s.
Desde su creación apoyó
al equipo femenino de competición de la Fundación También, siendo su madrina
oficial. Las aconsejaba y acompañaba a distintas competiciones, llegando
incluso a abrir las pruebas. Por mi parte, lo poco que sabía de este deporte lo
había aprendido con la Fundación y mis vínculos, por tanto, eran muy cercanos.
Así la conocí en el primer campeonato de España al que asistí, en la estación
de esquí de La Molina, como componente del equipo de la Comunidad de Madrid. Mi
inexperiencia y una pista muy difícil, dieron como resultado un buen tortazo
que me ayudo a bajar, al menos, cien metros de aquella maldita pala helada.
Descalificado en la primera manga del gigante. Buen estreno.
Más del cincuenta por
ciento de l@s participantes corrieron la misma suerte en alguna de las dos
mangas, dejando un reguero de ilusiones y sueños esparcidos por la nieve.
Finalizada la competición, nos reunimos en la base para compartir la novedosa y
desalentadora (para algunos) experiencia, cuando, de improviso, escuché sus
palabras de aliento.
- “Vamos chicas, chicos,
habéis estado geniales. Vaya pista. Bonita, ¿eh? Mañana repetimos aquí el
slalom”.
Traté de responder a su
carismática sonrisa con otra igual de generosa, pero los recuerdos de la
“bonita pista” aun me tenían asustado. Se integró en el grupo y continuamos
reviviendo momentos y emociones, hasta que tuvimos que coger los coches para ir
a comer al lugar que la organización había establecido. Comenté que tenía
varias plazas libres en la furgoneta (solo íbamos Concha y yo) y Blanca, a la
que había conocido unas horas antes, dijo rápidamente que se venía con
nosotros. Iba con su hijo, David, un chavalín inquieto y risueño que no paraba
nunca.
Cuando llegamos a la
furgo y vio que el suelo de la parte de atrás estaba ocupado por un colchón que
utilizábamos para hacer camping, no lo dudó. Me dijo que a ella también la
gustaba perderse en la naturaleza, que la encantaba viajar tumbada y que, si no
tenía inconveniente, la apetecía mucho hacerlo. El sitio al que íbamos no
estaba lejos, pero las carreteras eran estrechas y sinuosas, lo que me hizo
dudar. Ella lo percibió, soltó una sorprendente carcajada deciéndome que no me
preocupara y se tiró al colchón de cabeza, literalmente, exhalando un sonoro
gruñido de placer.
-”Que biennnn, lo
necesitaba. Cuando quieras tira, tú tranquilo”. Me dijo, como si nada. Llevaba
en la parte de atrás a Blanca Fernández Ochoa y a su hijo, tumbados en un
colchón, jugando, sin cinturón y por una carretera de montaña. Acababan de
descalificarme en mi primera competición nacional, pero ese día esta mujer, la
mejor esquiadora que ha tenido España, consiguió hacerme sentir igual de grande
que la pista.
Gracias por todo, Blanca,
excelente deportista y persona. Con la montaña creciste y amaste. Con la
montaña, hiciste otro colchón de amor que te llevará un poco más lejos, cerca
de las cumbres, para que puedas bajar deslizándote, con alegría, como tú sabes,
hasta nuestro corazón cuando te apetezca. Por ahora, descansa, sé feliz para
seguir sonriéndonos, CAMPEONA. Un beso.
Un abrazo a toda la
familia.
Felipe
Texto y Fotos: Felipe Cartas