Flores de Cadalso

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Pinturas iglesia

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En el año 1947 se realizan las pinturas del Altar Mayor, pinturas que los de cierta edad hemos conocido, el pintor se llamaba Félix y cuentan....

jueves, 4 de abril de 2013

Peinar ángeles. Miguel Moreno



                                                          PEINAR ÁNGELES

Dedicado a todos nuestros paisanos que se han ido, porque con cada uno de ellos también se marchó un poco de nuestra vida. Quizá ese poco sea el más amoroso de nuestras existencias.



 
En ocasiones encuentro que la esencia de la vida se puede descubrir en las cosas pequeñas. Una vez leí un libro que se titulaba de esa forma tan preciosa: “Lo pequeño es hermoso” (E.F. Schumacher). Te cuento algo pequeño y entrañable que relaciono con esto último. En Argelia tuvimos un embajador muy prepotente que luego escaló muy alto en la política, no en los sentimientos (no confundir); su nombre no viene al caso pero tú seguro que has oído hablar de él. Teníamos una compañera singular, alguien sublime que constantemente te ofrecía motivos para esperar algo deslumbrante y diferente que te llenaba de vida. Únicamente le encontraba semejanza con Jose “Chorlo”, persona genial e irrepetible por sus valores humanos. Al embajador no le caía nada bien, eran la antítesis el uno de la otra. Una mañana primaveral soleada -lo recuerdo perfectamente- estábamos en su antedespacho esta chica, otra compañera y yo. El embajador irrumpió hecho un basilisco reprendiéndola porque según él había tenido un error grave. “¡¡¡¿…Y usted, qué titulación tiene, qué es lo que ha hecho para trabajar aquí!!!?” Ella, sin descomponerse un ápice, sin inmutarse lo más mínimo, con suma naturalidad y gallardía, le respondió con refinada e irónica educación: “-¿Yo? …En la otra vida quiero peinar ángeles”. Y salió cantando bajito un bolero (Espérame en el cielo…) dejando tras de sí una suave estela de delicada admiración. Te puedes imaginar como se quedó aquel estúpido, maleducado y engreído energúmeno y nuestra indisimulada y jocosa satisfacción interior.
 

 
Años después, de vuelta al trabajo en Madrid, la encontré –como una aparición largamente deseada- en el pasillo que comunica los dos edificios del Ministerio. Apareció ante mí demacrada, triste, indefensa, con su mirada enamorada perdida y caminando con dificultad intentando mantener su porte elegante y distinguido. Pero lamentablemente la prestancia de ayer hoy era abatimiento y derrota. Nos reconocimos con gran sorpresa y alegría: “-¡Hola, Miguel!”. Y casi no la oía… “-He venido a arreglar unos papeles. Estoy de baja”. Y su voz entrecortada sólo era un hilo de cariño difuminándose, como una bella melodía inacabada… No sé cómo explicarlo, pero de repente percibí como si mi corazón se cayera roto, hecho pedazos luminosos contra el parquet. “-Me alegro de verte”, le dije, entre la satisfacción por el reencuentro y la desolación por su estado. Aún tengo metida la sonrisa que me dedicó, sincera, delicada y pequeña, en algún lugar que no acabo de identificar. Era azul celeste, mágica, como la del cielo de Cadalso en septiembre. Con la palma de mi mano derecha acaricié su melena a la altura de su mejilla izquierda sobrecogido y con una ternura infinita. Ella, turbada, desbaratada por la emoción, bajó amorosamente su cabeza. Nunca más volví a acariciar su pelo sedoso, ni oír su aterciopelada voz, ni ya jamás observaría su sonrisa que parecía que te echaba los brazos al cuello.
 

No hubo ninguna sorpresa cuando jornadas después leí una nota pegada por diversos lugares del Ministerio. Anunciaba que su funeral -no asistí, estaba invadido por la pena- tendría lugar en tal sitio y a tal hora… De súbito (me ocurrió igual cuando murió mi padre) noté que se deslizaban por mis mejillas una avalancha de gruesos lagrimones salados. Azorado corrí al baño. Me lavé desmadejado y dije para mí interrogando desconsolado al espejo: ¿Qué sentirá ahora cuando peine el cabello de los ángeles? ¿Será su pelo tan sedoso como el suyo? La fascinación de su ejemplo y su recuerdo continuarán para siempre conmigo. Llueve afuera con fuerza melancólica y pasa deprisa la gente. Estamos rodeados de milagros y de ángeles humanos y no queremos verlos… ¿Qué nos pasa?

Miguel MORENO GONZÁLEZ
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso

3 comentarios:

Anónimo dijo...

JO... ,no sé que me ha pasado, pero yo tambien estoy en el lavabo; corren más mis lagrimas que el grifo.

Incomparable nuestro Miguel.
Un abrazo.

Furtivo.

manolo el nacho dijo...

como siempre primo muy emocionado este relato nos hace ver la vida de forma muy diferente y valorar lo que ahora tenemos como la famila y unos buenos amigos y como no nuestro pueblo que por mucho estres que tengamos alli encontramo la paz que tanto nos hace falta. un fuerte abrazo de parte de tu primo y admirador.una cosa el tio manolo esta muy contento con la dedicadoria y lo hemos tenido que enmarcar para ponerlo en su habitacion un saludo tambien para ti pedro de parte de los nacho.

Miguel Moreno González dijo...

Manolo: No veas lo que me alegra leer que la dedicatoria que le hice a tu padre y, a la vez, mi tío, le ha gustado. Bien merecido se lo tiene. Estas cosas me satisfacen y me hacen ver que, aunque sólo sea por esto, ya merece la pena escribir. Unos cobran en metálico y yo lo hago en afectos como los que vosotros nos proporcionáis. Un fuerte abrazo, en especial para mi tío Manolo.