San Antón

Abedular de Canencia

lunes, 14 de abril de 2014

A Pablo Crespo



Acabo de recibir este mail de Juan Carlos Méndez Andrade, amigo mexicano de Pablo.




HOLA BUENAS NOCHES PARA USTEDES, SOY JUAN CARLOS MENDEZ ANDRADE DE GUADALAJARA JALISCO MEXICO
SOY AMIGO DE PABLO CRESPO, UN CADALSEÑO QUE VIVIO EN GUADALAJARA EN MEXICO FALLECIO HOY 13 DE ABRIL 
DE UN ATAQUE AL CORAZON ESTAMOS MUY TRISTES POR LA PERDIDA DE MI AMIGO.

ENVIO ESTE CORREO PARA QUE SEPAN TODAS LAS PERSONAS QUE LE CONICIAN

SALUDOS Y HASTA PRONTO


Desde aquí decir que he sentido una gran pena y es para mi una enorme perdida el fallecimiento de nuestro amigo Pablo. Y que mejor para recordárle que esto que nos escribió el pasado mes de mayo y que publiqué en el Zorro Corredero.




Se vende. Reflexiones de un cadalseño de Madrid


...Los preparativos, una semana antes de que comenzaran las vacaciones de verano, recordaba eran intensos. Toda la familia recorría en uno y otro sentido aquel pasillo largo, oscuro, en el cual no desembocaba ninguna habitación. Era como el cordón umbilical de la casa; cuya única misión consistía en conectar el hall, la cocina, y el salón comedor. Rememoraba con nitidez el trasiego de bártulos de un lado para otro. Las maletas de tela a cuadros, ya con los cierres desvencijados por el uso, y a las que había que aplicar experimentados lazos de bramante, para que llegara incólume su contenido. Corría mediada la década de los 60, y una pátina negra y gris nublaba sus recuerdos. En esa España donde aún “el vítor” inundaba calles y fachadas, donde las zonas verdes eran sombríos parques, en los que los bancos desvencijados solo eran habitados por ancianos aciagos y adolescentes “novilleros” Ese Solar Patrio de los planes de desarrollo que nunca llegaban a los barrios. Una Grande y Libre, con el yugo de la servidumbre, y las flechas como aguijones que solo Karina sabría interpretar de aquella manera...



Jaime se afanaba en un rincón de su habitación en seleccionar los objetos imprescindibles para tan largas vacaciones. El tubo de respirar, las aletas, y las gafas; básicos para cualquier submarinista que se precie, no podían faltar en su equipaje. Sabía que era un pueblo del interior, y que sus inmersiones se iban a limitar a las pequeñas zambullidas en la recién estrenada piscina –por donde no cubre- pero era consciente del gran poder de seducción (al menos los primeros días) que tenía su atuendo entre los mozalbetes de la villa. Esos muchachos fornidos, con el pelo rapado casi al cero, de ceño casi siempre fruncido, y que al atardecer se apostaban en la lancha “esbarosa” para apedrear el coche de línea al grito de: -¡Que vienen los forasteros!- La verdad es que al principio costaba trabajo entablar relaciones con ellos. Era un grupo copioso, homogéneo, con unas normas estrictas de camaradería que nadie se saltaba a la torera. Deambulaban en grupo, con el tirachinas en el bolsillo trasero de su pantalón corto, con sus piernas; curtidas en mil batallas, llenas de moretones, los cuales eran  signos de identidad y valentía ante las pandillas rivales (los de arriba y los de abajo) “El oso,” “rompelápidas,” “cabezabuque,”
eran algunos nombres que ahora le rondaban por la cabeza. Férreos portavoces: líderes de la pandilla, crueles a la hora de achicharrar vivo un lagarto, pero magnánimos cuando el enemigo era vencido, y rogaba clemencia y cuartel para los suyos. Existía un código de conducta no escrito, que todos respetaban al dedillo sin la menor duda. El “forastero” era para ellos un ser extraño, al menos al principio. Un niño bien peinado, con olor a colonia y calcetines a rombos. Calzado casi siempre con fuertes zapatos “gorila” y al que no le gustaba nada ensuciarse. Remilgoso a la hora de atravesar charcos. Cobarde cuando había que sostener hasta el último momento de la mecha ese petardo de dimensiones desorbitadas, que cuando explotaba dejaba a Jaime varios minutos en un estado de semi-incosciencia, donde veía las caras de aprobación, pero sin oír nada, como si fuera el protagonista de esas películas mudas, que los sábados en la noche echaban en la Plazolilla: cine al aire libre, donde cada uno debía llevar su silla. Aún se accionaba en su memoria, aquella pequeña silla de anea; compañera de aquellas tardes-noche de verano cuando el celuloide era el auténtico protagonista, y la sábana blanca, inmaculada, que pendía hasta el suelo sujeta entre los dos balcones de “la Pura” hacía a todos los muchachos mirarla insistentemente con el consabido griterío del “que empiece ya que el público se va...”




Dormía en la planta baja de la casa. En una habitación de una sola cama, que comunicaba por un lado con la de sus padres, y por el fondo con el temido “cuarto oscuro” Una cerradura con llave centenaria lo custodiaba. Jaime estaba casi seguro de que abriría la puerta a otra dimensión. Ni sus amigos más valientes se atrevían a franquear aquel paso. No tenía luz, y se colaba por debajo de la puerta un olor a aceite de oliva y a humedad.  La espaciosa cocina, limítrofe al “cuarto oscuro” estaba custodiada por un sillón de espadaña junto a la chimenea, ahora sin lumbre, y recubierta con plásticos y papel de periódico ABC; allí se sentaba su abuela: “La tía Virgilia” siempre mirando al pequeño ventanuco que daba al portal, y que servía para vislumbrar al que entraba al hogar. Ahora entendía aquella mirada fija, quieta, impenetrable de su abuela. Era como si más allá de la ventana, encontrara recuerdos no vividos, retazos de mundos desconocidos que solo había adivinado a través de las cartas, que durante años habían ido llegando junto con fotos color sepia, dónde apenas se vislumbraban bien los rostros de los protagonistas... Un jardín, un mango leñoso de gran tamaño, un carro de paseo, y unos cuantos semblantes apenas reconocibles. Por esos territorios deambulaba la abuelilla, mientras Jaime y sus amigos, huérfanos de escuela, con 3 meses por delante para el juego, correteaban hacia el corral y ponían a prueba la logística bélica, preparando la “cantea” que se avecinaba en la tarde.



Ahora era Jaime el que se adentraba en esos recuerdos tan nítidos de su niñez, mientras habitaba a más de 8.000 kilómetros de distancia. Y entendía a la perfección la pena y la nostalgia de su amigo al pasar accidentalmente por la puerta de su casa y ver el rótulo de “Se Vende” Era como si aquellas tardes de mediados de junio, hubieran quedado ancladas en la memoria. Como si aún, el coche de línea estuviera esperándolo en la calle “humilladero” con la baca cargada de grandes maletas, y donde solo faltaba la suya.




2-5-2013.-   Pablo Crespo.-




Mi más sentido pésame a su familia tanto mejicana como española. Amigo Pablo, te echaremos de menos. 

Un abrazo y hasta siempre. 
Pedro

3 comentarios:

Miguel Moreno González dijo...

Qué tristeza tan grande, tan lejos de Cadalso... Un abrazo muy fuerte para los suyos...

Anónimo dijo...

D.E.P., Pablo, un Cadalseño vocacional y convencido, alegre, simpático comunicativo. El relato, que no conocía, me ha encantado y refleja fielmente hasta que punto había calado Cadalso en su interior desde bien niño, deduzco que es autobiográfico.
Allá donde estés, Pablo, te recordaremos con cariño, ataviado con tu look clásico: Bermudas, camisa verde o blanca y tu inseparable gorro blanco a lo Indiana John.
Mi más sentido pésame a toda su familia.
Balta9

Anónimo dijo...

gran perdida amigo pablo, mi más sincero pésame. JORGE sáez