Monton de trigo

Hayedo de Montejo

viernes, 13 de abril de 2012

Pasodoble de recuerdos

PASODOBLE DE RECUERDOS
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     Soy propenso a los recuerdos, se equivocará el que espere otra cosa de mí. Los recuerdos son lo único inmortal de nosotros, son la prueba de que hemos vivido. Sinceramente digo que no doy para mucho más.
     Fue la otra tarde cuando escuché las notas de un pasodoble muy querido. Me acerqué y advertí por la rendija de una ventana entreabierta como bailaban unas personas algo ajadas por el tiempo y la vida. Por ese resquicio se colaba la tarde unida a mis recuerdos que en ese instante sacudí y tendí al sol buscando se identificasen con los de aquellos seres. Escuché entonces el acompasado ruido del roce de sus zapatos con el suelo, oí sus sonrisas, vi sus giros, olí sus aromas, gusté de su emoción y noté en mi mejilla el contacto de las suyas que se abandonaban al arrullo de sus pensamientos. Me quedé un ratito como un "pasmarote" contemplándoles y pensaba que los pasodobles son bonitos, muy bonitos. Cuando sus vidas eran un pasodoble y poco más, aprendieron desde pequeños a conmoverse con su música sin ni siquiera planteárselo; como un amor hermoso que les creció sin darse cuenta. Es ese mismo querer que ahora les devuelve recuerdos entrañables y les hace asomarse a su pasado cosiendo sus alientos y devolviéndoles un huerto de sueños que riegan con sus caricias.


     Esta gente sigue llegando al sol antes que la flor del almendro y aún conservan muchos frutos por ilusiones. Algunos se besan forjándose en el amor para huir de su soledad y cavilo que el amor es lo más bello, lo más resistente, lo único que es indestructible. La vida es la capacidad que tiene cada cual de generar un afecto, fuera de ello está el vacío. Diviso a los que están en lo oscuro -como a mí me gusta- y medito si habrá algunos que se hayan conocido hoy. Si es así han de sentirse como aquella primera vez, como aquel primer beso. Estarán maravillados al comprobar que los años no hacen mella negativa en las cosas del corazón; al contrario, lo mejoran transformándolo.


     Este pasodoble me horada el pecho inundándolo de ternura. ¿Queréis arrancar de mí algo íntimo? ¡Ponerme "Suspiros de España"!  Y me vienen ahora estas evocaciones abriéndose camino en mi mente con fuerza, con resolución y me hacen ver a mis padres bailando junto a estas personas. Él tan alto, ella tan baja; él con la mirada en el infinito, ella con sus ojos pegados a su hombro. Los dos abrazados como adolescentes que sobresaltan el atardecer. Sólo bailaban pasodobles igual que lo hacen ahora ante mí. A mi padre se le humedecían los ojos cuando sonaba "Suspiros de España". Soy un niño que está correteando, me escondo entre las parejas, no me ven. Quiero ser mayor y aprender a bailar pasodobles. Desafino pasodobles con mi cartera a la salida de la escuela, voy imaginando que formo parte de la banda de música de mi pueblo y que en una noche serena y estrellada interpretaremos "Suspiros de España" en lo más alto de la Peña Muñana de Cadalso.


     Son bonitos los pasodobles, al menos así me lo parecen. Nos tenían engañados como en tantas otras cosas haciéndonos creer que eran "paletadas". Toda una época de la vida de nuestros pueblos está resumida escuchando y bailando estas piezas. Siempre nos encontraban tras las bandas de música de nuestros pueblos. "-Donde hay música no puede haber cosa mala", decía Don Quijote.

¿Y por qué me invaden ahora estas esencias haciéndome escribir de pasodobles sin tener ni idea y sin saber bailarlos? ¡Tiene gracia esto! Mi pueblo es un inmenso pasodoble que contempla a sus hijos, los ciñe suavemente y baila con ellos "Suspiros de España", y veo felices a todos mis paisanos que de pequeño me enseñaron a quererlos viéndoles bailar pasodobles.
                                                     

                                     Miguel MORENO GONZÁLEZ

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En relación con esta bonita entrada el autor de la misma me contó una historia. Me dijo, tomando cervezas una noche de la Feria de San Isidro, que al acabar aquella tarde el baile de los mayores que hay cerca de la calle Mirasierra, en el madrileño barrio madrileño de Usera, se dirigió a la salida para felicitar al señor de la pareja que le pareció que fue la que mejor bailaba el pasodoble. Después de estar hablando un rato con él le contó que su matrimonio fracasó, que un día de verano regresando de unas vacaciones, tuvo un accidente con el automóvil que conducía. En el impacto murió su hijo. A partir de entonces, se hundió en su madriguera de tristeza, se convirtió en un melancólico. A veces, hablando de cualquier cosa, se le empañaban los ojos: "No tengo sitio en este mundo. Estorbo a todos. No sé para qué he nacido -decía-. Sólo pienso en morir." Era un perdedor con grandeza humana. Cuando le dio la mano a Miguel para despedirse de él, éste me contó que cerró los ojos, apretó los párpados y, sin poder evitarlo, soltó su mano y marchó cabizbajo lleno de lágrimas.
Don Quijote.

Anónimo dijo...

Un bonito relato Miguel,enhorabuena,y es que....¿Que seria del Mundo sin la musica?Yo lo pasaria fatal.paquitopirata