Raquetas

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Esperando que la nieve vuelva, ya queda menos.

La portalera del Valle

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Un recuerdo de otro tiempo

jueves, 7 de febrero de 2013

Queridas Almas ( Ánimas )


(A los Capitanes: José Luis Moreno, José Hernández y especialmente a Agustín Morales, que me pidió este escrito (u otro) la noche del Domingo Gordo de Carnaval)

                Capitanes de Ánimas____2005


QUERIDAS ALMAS (ÁNIMAS)

            Sobre las nueve menos cuarto de la noche del viernes pasé por la casa de mi madre. Estaba sola y con la luz apagada viendo la tele, qué solos y tristes nos dejan los años… Cambiamos unas ligeras impresiones y le pregunté por mi hermano. “Hace poco que se ha ido con el tambor y la gaita”, me dijo, alcanzándome unas rosquillas que no pudieron deshacerse cariñosas entre mis dedos mientras mis ojos, sin saber por qué, se me humedecían por primera vez. Salí y al llegar a la carretera todo se quedó de nuevo obscuro, solitario y silencioso igual que me lo encontré al llegar. Posiblemente mi madre alimentaba bellos recuerdos de la época en que vivíamos todos juntos y que yo le interrumpí con mi llegada, ahora los recuperará para sí. A cada niño dadle una caricia y a cada persona un recuerdo que les ayude a seguir, pensaba en medio de aquel desamparo que me sobrecogía por dentro.
 

 

            Andando por la calle de la Iglesia oí las melancólicas notas de un tambor y dos saxos que sustituían por unas horas a la gaita. Parece mentira que sólo tres instrumentos sean capaces de generar tanta alegría emocionada. Para mí la emoción siempre ha sido el más hermoso sentimiento humano, por eso, aún hoy, sigo mendigándola entre las esquinas, las personas y la música. Es un grupo pequeño que observo desde la Plaza bajando por la calle Real: los músicos, mi hermano Justo, Domingo, “Chanela”, algún íntimo más y dos Capitanes de las Ánimas Benditas: Pepe “Vigi” y Agustín. El tercero, mi hermano Jose, camina detrás de ellos, como espantando emociones que le quieren poseer. Mira hacia detrás y me ve. Respira aliviado, lo presiento desde lejos, como presentía su alegría siendo él un niño de ocho años y salía corriendo entre sonrisas a abrazarme. Yo le cogía en brazos desbaratado por la ternura, a la vez que le clavaba disimuladamente mi nariz en sus carrillos suaves, con unos besos “marca de la casa” que quizá los echemos de menos ahora que me espera y yo avanzo hacia él. Me pregunta: “¿cómo nos has localizado?” y sin responderle le inquiero: “¿hace mucho que habéis salido?” Las dos preguntas se quedaron suspendidas, sin respuesta, desarmadas y hechizadas sobre la bóveda del anochecer de este febrero cadalseño. A lo mejor estaban allí las mejores respuestas, entre las estrellas, los luceros, la música y nuestras miradas entrelazadas. Mejor así. Mejor no moverlo. Mejor sentirlo.
 


 

            En Angelita, con sus regalos, Barrena me recuerda –y se recuerda- cómo los niños corrían detrás del tambor y la gaita, de los soldados y de los capitanes. Lo recordamos ahora y ni siquiera hace quince minutos que yo he vuelto a caminar en pos de ellos, desmadejado de nuevo por la ilusión. Gumer me muestra en Bartolo el cartel con la foto de Pedro Alfonso anunciando estos Carnavales. “¿Los conoces?” ¡Por supuesto!, aunque no sepa sus nombres en este instante; le repito que les recuerdo y que, además, cada uno de ellos tiene su propia historia en mi memoria como prueba inequívoca de su paso por mi vida, por nuestras vidas cadalseñas… Vamos de acá para allá, pregonando la Caza de Devotos de mañana sábado. Magnífico le sale el pregón a “Chanela” en la Plazolilla: desgarrador, emotivo, único, como dejándose el alma en cada frase que rebotaban en la inmensidad de la noche. ¿Por qué será que la inspiración nos supera, que brota a su libre albedrío sin que podamos dominarla? Ya es noche cerrada, hace frío y pena en la calle y en el alma, pero varios vecinos salen de sus casas al reclamo de esa magia. Un cadalseño se lleva un pañuelo blanco a sus ojos cansados, viejos y un poco tristes, pero rebosantes de ternura. Llegados a cierta edad uno comprende que la opción más honesta es la emoción. En “La Usanza” se unen al grupo Vero y Juan, con su cargamento de aliento a la más vieja y pura usanza cadalseña. ¡Ánimo, que no decaiga! Poco a poco vamos perdiendo timidez y ganando confianza y adeptos para la causa, empezamos a creernos que esto es posible. Gracias, dice una voz anónima que viene del rincón de la izquierda. En “Vigi” rifan un gallo regalo de Juan. “Tacero” puja triunfante, Toñi le hace una foto para celebrarlo. Vamos rematando la faena, yo antes que la mayoría. Me espera mañana una etapa ciclista laberíntica en la mente y montañosa en el trazado. Previamente otro dato para la emoción: Brindamos con la copa en alto y con el deseo en carne viva por la pronta recuperación de José “Peque”. Siempre me has querido amigo y yo no te olvido. Siempre fuiste más valiente que yo y me emocionabas con tus recuerdos que envolvías con el Adagio de Albinoni, “La hija de Juan Simón” y alguna que otra historia de amor perdida “Entre dos aguas” y muchas vidas. Aquí sigo esperándote, no te olvides “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero…” 
 

 

            El sábado subo con mi bici al campo de fútbol para curiosear los preparativos de la comida que los capitanes ofrecen a los cazadores y al pueblo. Hacemos un aparte, además de los tres capitanes, Vero, Juan, Ricardo y servidor. José Carlos nos inmortaliza en una foto, de esas que también se inmortalizan en el corazón. El cielo va tomando un tono anaranjado y cárdeno claro por la parte de Las Rozas, el tiempo quiere cambiar y no precisamente a mejor. A las ocho de la tarde comienza la rifa de la Caza de Devotos en Casa Cañardo. Esa caza que la noche anterior anunciaba “Chanela” con voz conmovedora y que hoy grita con ella un poco tomada: “¡¡¡En doce euros la pareja de conejos!!!” Mi sobrino Daniel me enseña un faisán con las alas desplegadas de par en par y su hermano Justito ríe y acaricia mi bigote desde los brazos de mi hija Berta. Un poco más allá departen amistosos Andreotti y Jose como cada año en esta noche. Miro por la ventana y veo pasar junto al quiosco de Jose a mi hijo Miguel con Yesi. Mi hermano cambia impresiones conmigo, quiere que sea soldado. Me dejo convencer con algún pequeño matiz. Quedamos para el domingo a las diez y media de la mañana en “Cacatúa” provisto, por primera vez en mi vida, de gorra, chuzo y con el pecho cruzado por una banda negra, blanca y amarilla que a partir de las 5 de la tarde cambiará a roja con las iniciales “J”, “V” y “A” grabadas, ya sabéis, a la altura del corazón. Los extremos deben unirse debajo de la cadera izquierda con un imperdible o nudo, esto último a gusto del portador. Eso sí, aderezando el conjunto con la mejor predisposición, respeto y agrado, advierte Domingo. A las 11 de la noche baile de Máscaras en la carpa de la plaza de toros. Escribo una cosa para “mis” capitanes que me lo sugieren las miradas de la gente que pasa. Estamos poco tiempo, tenemos que descansar. Mañana es día importante y más de uno no dormirá dominado por la emoción y atenazado por los nervios, como niños  la noche del 5 de enero.

                 Luisa, Berta y Gregoria en el Carnaval____1993
 
            “Todo está blanco y luminoso de nieve”, me advierte Paloma la mañana del domingo Gordo de Carnaval al tiempo que sube la persiana de la habitación. El día del Cristo me dijo que era un día iluminado por la esperanza. Es la maravilla de la Naturaleza y lo que tiene esta habitación con grandes ventanales que dan a la bella sensibilidad de mi mujer, aunque bien mirado tengo que idear algo para seguir observando estos paisajes cuando no pueda moverme de la cama. Me acicalo y me visto lo mejor que puedo y, tocante a la vestimenta, remedo a Don Quijote: “Vistete bien, que un palo compuesto no parece palo” y “Vístele de modo que disimule lo que es y parezca lo que quiere ser”. De esta guisa y con algunos pequeños copos de nieve brillando sobre nuestras gorras negras nos apostamos delante de la expectación.
 

 

            Llegó el momento. Embriagados de euforia comenzamos nuestro recorrido por las calles de Cadalso. Vamos de casa en casa, de corazón en corazón, de nostalgia en nostalgia con el sentimiento reinando deslumbrante. Volvemos a ver caras que no contemplábamos desde hacía años y nos dan lecciones inolvidables: Ese anciano que a duras penas puede sujetar unas monedas con sus manos y que introduce temblando en la hucha mientras sus lágrimas las deposita en nuestras manos. Esa señora que desde el balcón nos llama y con esfuerzo sobrehumano se incorpora y nos lanza una bolsita blanca de plástico con unos billetes doblados. Mi madre esperándonos desde que amaneció con su moscatel dulce y sus rosquillas blanditas. Esos seres que siempre se turban al escuchar la música que pasa cercana, ¿qué tiene la música que nos hace mejores? Posiblemente encontró la respuesta Gumer, jaleado con “olés”, al interpretar “En er mundo” en el bar López, inmediatamente la conmoción y un silencio desgarrador se adueñó de nosotros. Es nuestra gente, nuestras raíces, es nuestro pueblo. Somos nosotros desde tiempo inmemorial, ya jamás olvidaré a estas personas ni a estas impresiones milagrosas. Ellos creen en un Dios que les da fuerza, seguridad y felicidad, por eso se merecen encontrar lo mejor en sus vidas. Yo no percibo nada de eso. No quiero estar contra nada ni nadie, es que simplemente por más que miro dentro de mí no encuentro ninguna luz divina que alumbre mi confundido caminar. Me alumbra observar el amor a mi alrededor. Desconozco si esto valdrá. Sinceramente pienso que soy demasiado difícil, antipático, retraído, melancólico… y arrojo pronto la toalla desalentado ante tanta desgracia y malicia. Curioso, ahora llueve y nieva alternativamente, nos empapamos pero sonreímos sin cesar. Al cruzar en fila india el parque de Palacio nieva copiosamente. Trece personas sin sombras trazamos bajo las plumas blancas un lienzo de una plasticidad conmovedora, así nos lo hace ver Felipe en tanto que Maní, concentrado, cierra la comitiva. Y continuamos riendo felices. Fundamentalmente “Tacero” y Román que, junto a sus bandas, y Agustín, junto a su bandera, chorrean agua y entusiasmo a raudales. Justo luce mojada su entrañable mueca. Pepe “Vigi” no quiere que se estropee su corbata. Se la regaló un amigo que emprendió un largo viaje, advierto como la protege delicada y cariñosamente. En San Antón, Paloma y Berta nos tiran una foto y me dan un paragüas amarillo. En esta calle nací yo hace unos días como quien dice, por aquí me gustaría pasar cuando todo acabe para mí.
 

 

Me apetece hablar de los capitanes, de las huellas imperecederas que van dejándome. Veréis: Una noche bohemia conocí a Agustín. Inesperadamente se dirigió a mí y me dijo una frase espontánea, cariñosa y atenta que me llenó de felicidad. No tenía por qué decirme nada y, sin embargo, me abrazó con su palabra. He ahí la diferencia entre la gente vital y la normal. Los primeros generan afectos, a los segundos les arrastra la inercia de la corriente. Desde entonces nos esperamos, nos buscamos, nos parapetamos en el dialogo. Indagamos sobre nuestras vivencias, acompasamos y le ponemos música a esta vida vertiginosa. Descubrí a Pepe “Vigi” una noche lluviosa de un diciembre antiguo. Yo paseaba bajo la lluvia y llevaba en una bolsa unas películas, de esas que son auténticas obras de arte, de esas que te cuentan cosas que pasan entre los seres humanos, de esas en blanco y negro rodadas en presente del indicativo, de esas que te recuerdan episodios y amores de tu vida que rebrotan apasionadamente como por ensalmo. Esas películas llevaba yo aquella noche. Vi a Pepe solo, me pareció que sintonizaba con mi ensimismamiento y entré a verle. Comenzó a hablarme, a sincerarse, a apreciarme. Y según me iba contando cosas, yo notaba que le iba comprendiendo, que asumía su historia de amor como propia, porque los seres humanos nos comprendemos rápido si hablamos del “mal de amores”. Según bebíamos cerveza me dijo que la película de su vida era “Ciudadano Kane”, de Orson Welles, era una de las que yo portaba… Salí de su bar y seguía lloviendo, me percaté de que sus cervezas, si exceptuamos los “panchitos”, estaban como a mí me gustan y que los amores y las películas románticas son lo mismo si se lo oyes contar a hombres como Pepe. Muchas noches mi hermano Jose me pone la carne de gallina y el corazón en un hálito al contarme sus vivencias infantiles junto a mí. Siento que me devuelve con creces lo poco que hice por él. Siempre procuré que los cuatro hermanos permaneciéramos unidos, a salvo de los avatares que la vida nos reserva. Últimamente es él –y sólo él- quien nos une desde su bondad. Esa bondad que inundará este lugar cuando ninguno esté aquí. Por ella se sabrá que pasó alguien fascinante que amó, vivió y derrochó generosidad sin pedir nada a cambio. Son tres poemas nocturnos. Las noches cadalseñas te ofrecen sus brazos como las mujeres enamoradas sus labios.

 

La tarde se inicia con revoloteo de bandera en La Corredera. Los pies helados y quietos como niños, la mano al viento como adultos. Piñas sonríe y tirita en el cajón de las Ánimas, sobre el suelo el gallo acurrucado en su jaula no dice ni pío, al pobre le engañaron por la mañana cuando dormía. Cosas de gallineros… Después Paco Pirata y sus compañeros siguen amenizando la fiesta con su música sinfónica y de la otra. Baremboim, que inesperadamente apareció en Mariano, dio junto a ellos una lección magistral con “El sitio de Zaragoza”. Casi sin darnos cuenta Agustín y yo nos quedamos solos por los lugares de triunfos, derrotas y confidencias. Sin engañarnos, sin sumarnos ni un enamoramiento juvenil frustrado que no nos correspondiese. Somos sinceros hasta con los sueños rotos, incapaces de maquillarlos con mentiras piadosas. Por esas –y otras- nubes flotábamos y nos vinieron a recuperar para la causa terrestre Vero y Juan en El Burguer. Junto a ellos, penúltimas confesiones y optimismos esperando que la noche enamorada nos devolviera a su medio natural: el sueño, que ya va siendo hora. Subo a casa solo, nadie me espera, echo en falta a mi familia y… mis guantes. La salamandra, nuestra fiel compañera, pasea fugaz por la fachada blanca que refleja la luz amarilla del farol de mi calle. Subo por la escalera de caracol. Lanzo una última mirada a Cadalso y su Peña, me digo que a nada que mejore el tiempo tengo que subirla con Paloma. Todo en orden. Todo es armonía y paz. Todo esto merece la pena. Me duermo.
 

 

El lunes amanece con una copiosa nevada. Mi nuevo vecino me acerca amablemente hasta la parada del coche de línea. Dudas sobre si saldrá. Sí, allí viene. Ya sentado en el autobús y con la vista perdida pienso que mi pueblo sigue sorprendiéndome. Es como esa sensibilidad que te invade al conocer un lugar admirable o una persona especial que jamás volverás a descubrir pero que se encargan de inyectarte desánimo y entusiasmo a partes iguales. Te domina entonces el deseo de fundirte con esa experiencia encantadora para no perderla nunca. Así me pasa con Cadalso. Siempre que vuelvo tengo la idea de integrarme en él. Lo asombroso es que llevo toda mi vida aquí y no paro de sentir cosas nuevas, de sobresaltarme con percepciones desconocidas y placenteras. Es realmente maravilloso, algo que yo todavía no alcanzo a explicarme. A la altura de Navalcarnero ya comienzo a “rumiar” lo vivido. Torno a embellecer lo pasado en estos días. Vuelvo a emocionarme. Vuelvo a ser feliz íntimamente y, de momento, no digo nada a nadie por vergüenza.

 
Miguel MORENO GONZÁLEZ 
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso          

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Aquel año debute con vosotros como tambor de las Animas Benditas Miguel,ese recuerdo lo voy a tener para toda la vida.Paquitoporata.

Anónimo dijo...

Ya son tantos... Y casi todos bonitos. Lo que hace falta es que esta hermosa tradición siga adelante uniendo a los cadalseños y los foráneos en el amor a Cadalso de los Vidrios.
Miguel Moreno González

Anónimo dijo...

Una crónica brillante, con frases para enmarcar, que realzan más, si cabe, la belleza y el sentido del Carnaval.
Es un privilegio, algún día lo valoraremos en su justa medida, tener una pluma como la de Miguel, siempre con Cadalso y por Cadalso, desde el ARTE y hasta la EMOCIÓN ambas, sin duda, con mayúsculas.
Un abrazo.
Balta

Anónimo dijo...

Muy emotivo todo tu relato y bonitos recuerdos te felicito.PEPE.