Raquetas

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Esperando que la nieve vuelva, ya queda menos.

La portalera del Valle

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Un recuerdo de otro tiempo

miércoles, 8 de agosto de 2012

Toros en Cenicientos y carburos en Cadalso


TOROS EN CENICIENTOS Y CARBUROS EN CADALSO


 
Un verano en Cadalso mi abuelo me dijo que cuando fuesen las fiestas de Cenicientos me llevaría a los toros como premio por haberle ayudado en el campo. La mañana de un 15 de agosto me avisó de que me preparara para la tarde porque había llegado la ocasión que tanto estaba esperando. Quedamos en La Fuente de los Álamos; los taxistas Ramón y Pancho hacían portes desde allí todas las tardes hasta el comienzo de las novilladas. Al acabar, ellos mismos se encargaban de devolver a los cadalseños al pueblo. Los había más valientes y osados, los cuales iban y venían andando tanto a los toros como al baile vespertino. ¡Eran otros tiempos!


     Aquella tarde mi madre se esmeró y se entretuvo en exceso en aviarme para tan magno acontecimiento, cuando llegué al lugar indicado alguien me dijo que mi abuelo ya se había ido con otros parroquianos en el taxi de Ramón. Desolado, abatido, entristecido, desconcertado, melancólico… y no sé de cuantas formas más me quedé al oír semejante noticia. Dubitativo, pesaroso y con la mirada perdida, caída sobre el gris asfalto de la carretera de Rozas, me encaminé como un perrillo abandonado hacia la Caseta de los Camineros en busca del consuelo de mis tías y de mi abuela.


 
     Mi abuela nada más verme aparecer con semejante semblante compungido me preguntó: -“¿Qué pasó, hijo, no ibas con el abuelo a los toros?” Desmadejado le puse al corriente de todo y luego nos callamos los dos: Yo roto por la emoción, ella cariacontecida por la nueva mala. Estaba sentada sobre una silla de anea en la puerta de Las Casetas tomando el fresco bajo la acacia grande, a sus pies reposaba “Mingo”, el perro fiel que un día se olvidó de ladrar de tanto mirarnos conmovido, vestía de negro –como siempre- y con su pelo largo y plateado recogido en un moño mientras paciente extraía judías de sus vainas secas. Hacía una tarde tan soleada que parecía que brillaba sobre nuestros ojos emocionados. Inmediatamente apartó el perro y las vasijas con las judías y alargó sus brazos, me abrazó y me cobijó entre su regazo. Con mi pantalón corto de domingo, mi camisa blanca y mis modestas sandalias quedé envuelto con ella inundado por un mar de caricias. Apoyé mi cabeza sobre su hombro izquierdo y allí encontré el consuelo que tanto anhelaba. Ella continuó acariciando mi cabeza con una ternura infinita durante toda la tarde, teniendo cuidado en no despeinarme la raya de mi pelo que con tanta delicadeza había trazado mi madre momentos antes. Y soñé entre sus susurros y dulzuras durante un tiempo que nunca supe cuánto duró. Quizá aún dure…


 
     Años después me resarcí de aquella desilusión. Mis padres, mis hermanos y servidor nos cambiamos tan rápidamente a nuestra casa nueva de Las Sillas que ni siquiera teníamos electricidad. Nos alumbrábamos con un humilde carburo que mi padre encendía cuidadosamente. La ilusión por la casa podía más que cualquier incomodidad. Era un atardecer inquietante y tormentoso de verano. Las tormentas siempre me han impresionado hasta el temor más reverencial. Toda la familia estaba contagiada de ese miedo. Entonces fue cuando mi padre, buscando tranquilizarnos, nos prometió a mi hermano y a mí que en las fiestas de Cenicientos de ese año nos llevaría en bicicleta a los toros. Dicho y hecho. Jornadas después sobre la barra de la bici que le tomó prestada a mi tío Luciano acomodó a mi hermano Nati. Yo usé la mía, sin barra, que nos había vendido Faustino, “Peque”, y que perteneció a su hija Gloria. Mi hermano Justo no vino porque era bebé y Jose ni había nacido.



     Los toros se celebraban en la plaza del pueblo, allí construían los coruchos una plaza de madera que en septiembre nos serviría también a los soplones. Recuerdo aquella tarde bajándonos de las bicis sudorosos e ilusionados en las cuestas para volver a montar en el llano y en las bajadas. Al terminar la novillada sin caballos mi padre nos compró en los puestos de los tostoneros un martillo de caramelo para cada uno y una bolsa de almendras garrapiñadas para mi madre. A la vuelta, ya anochecido, nos alumbrábamos únicamente con la luz que producía la dinamo al rozar con la llanta de la bici. Se nos antojaba milagroso que la luz que lanzaba el faro llegara tan lejos, iluminando la carretera por la zona de “Los Barrancos”. Mi padre no paró en toda la tarde de contarnos cosas divertidas para que nos riéramos. Él era así: aparentaba seriedad en la distancia y según te acercabas y le conocías te dabas de bruces con su ternura melancólica. Antes de llegar a casa, nos pidió que llamáramos a voces a mi madre para que saliera a recibirnos. Y enseguida apareció ella feliz. Pero no nos besamos, seguimos sin hacerlo. Siempre hemos sido bichos raros para eso de los besos. Nos miramos, sonreímos y salimos corriendo para ver si el carburo ya estaba encendido. ¡Joder, qué jornada tan feliz!

     La otra noche antes de acostarme salí al patio a ver cómo estaba la atmósfera, igual que se complacían en hacerlo los cadalseños de antes. Me senté un momento para observar resplandecer la luna coronando la peña Muñana. Y como es agosto de sopetón se me vinieron estas cosas a la cabeza. Mi hijo Miguel estaba en Valencia, mi hija Berta en Cadalso y Paloma dormía tranquila dentro. Me emocioné y fui feliz al comprender en mi soledad que aún lucen aquellos carburos dentro de mí. Eso fue todo. Bueno, también había muchos luceros en el cielo.

                            

  Miguel MORENO GONZÁLEZ

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Leyéndote, uno se siente orgulloso de ser cadalseño. Dibujas a Cadalso y a los cadalseñ@s con amor. Gracias.
Carburo cadalseño.

Anónimo dijo...

Verdaderamente emociona saber de historias como estas, y como con tampoco en esos tiempos, se podía tener algo de felicidad gracias al cariño de los tuyos.
Muchas gracias Miguel por compartir algo tuyo con esa ternura que te caracteriza.

Anónimo dijo...

Quiero una copia Miguel,por favor.Y otra cosita,la estatua de bronce del toro la realizo el taxidermista y escultor cadalseño Jose Antonio Arenillas Cabañas,un talento olvidado injustamente.Paquitopirata.

Anónimo dijo...

Siempre he considerado que la niñez resulta ser la etapa más significativa de nuestra vida, pues las vivencias que experimentamos en ella, perduran a lo largo de nuestros años.

Anónimo dijo...

¡Joder, que vivencias más bonitas las tuyas!

Anónimo dijo...

Comprension, te deseo mucha saluz y felicidad.

Anónimo dijo...

Gracias por tu relato.

Gabrielo

Anónimo dijo...

Ganbin, otro ke le gusta ver las estrellas. stofi_potaski

Anónimo dijo...

Magnifico relato compresion,,me recuerdas cuando de niño tambien asistiamo a lo toros de cadalso,algunos viajamo en el techo del coche "El gato",desde Cenicientos,yo acudia con mi tio,llamado "El Carolino",tenia yo 8 o 10 años,ahora tengo 74,recuerdo la buena cerveza que se tomaba en cadalso,con lo barriles de madera,y la rivalidad que tenian los do equipos de futbol.le tengo mucha admiracion a tu pueblo,por que nos llevais unos años de adelanto,teneis buenos gobernantes y el ayuntamiento ,no tiene la ruina,que el de Cenicientos te deseo
con felicidad para ti y toda tu familianes asistiendo a nuetras fietas. diogenes"

Anónimo dijo...

Enhorabuena por la narrativa, te felicito que aún encuentres en tu cabeza esos bonitos recuerdos de tu niñez, porque bastantes momentos malos a traido la vida y merece la pena disfrutar aquellos momentos buenos que un día pasamos. Fabiolasa