Historias de la Plazolilla de Arriba
La Plazolilla de Arriba, que lugar tan acogedor y
tan cargado de tipismo de nuestro pueblo es nuestra querida Plazolilla, aquí no
hay monumentos como los pueda haber en otros barrios de Cadalso, pero si se
respira a todo pulmón la historia y el pasado de nuestro pueblo, un pasado que
se refleja en cada casa y en cada rincón.
La vida pasa y cómo pasa, tan deprisa que casi no
nos damos cuenta de aquellos otros días, meses y años en los que nuestra vida
era otra, la vida que se vivía más en familia y en el barrio. De esta época
tengo grandes y buenos recuerdos de esta Plazolilla en la que jugué y soñé
durante varios años de mi niñez.

Mis abuelos maternos siempre vivieron en la calle Real 60,
allí nací y viví mi niñez en aquellos primeros años de los 60, donde la vida
cotidiana transcurría con una tranquilidad y sencillez dignas de envidia de
nuestros días, aunque también es cierto que hoy tenemos casi de todo y a veces
perderlo por otras sensaciones mas intimas y humanas como lo eran aquellas,
cuesta, y tal vez tenga que ser así. Pero aunque hoy la vida es más llevadera y
menos agobiante que aquella, principalmente por el dinero y las comodidades,
siempre nos quedan esos recuerdos de aquellos días y años donde la principal
función de los niños era jugar y la de los mayores conseguir dinero, cosa nada
fácil en aquellos tiempos, y es en esos recuerdos donde muchas veces se me
aparece la Plazolilla con sus gentes y sus gritos que a veces se convertían en
pequeños regaños a los que la muchachería asistía en primera fila.

De aquella época recuerdo la panadería de la Corsina con sus
madalenas, sin g como se dice en Cadalso, que tanto me gustaban, siempre bien
elaboradas por su marido Alfredo, y como no recordar la tienda de la Hipólita a
donde acudía a comprar los huevos que me encargaba mi abuela, y de donde siempre
volvía tarde por quedarme a escuchar los chascarrillos de Santiaguito su hijo
al que siempre recuerdo enfermo del corazón y cuidado por Hipólita como sólo
una madre sabe cuidar a su hijo. Allí estaba también la carnicería del tío
Venancio y su mujer Felipa y la de “Malaje” de la cual no me acuerdo pero si me
contaron que sólo se vendía carne de cabrito y cabra y del cantar que le
sacaron y que decía ”Malaje,Malaje, tu eres un gran cocinero, que guisas
las cabras y te chupas los dedos”.
Personas como Bruno y la Alejandrina, “Colmena” y la Valentina, los “Ratillas”, el tío Paz y la Felisa, Miguel y la tía Meli, Antonio y Julia, eran parte de aquellos vecinos que formaban la vida cotidiana de la Plazolilla.
Y casi como una obra de teatro en el interior de una corrala,
era el llamado “Cuartelillo”, que en sus dos plantas albergaba a no pocas
familias que vivían en régimen de alquiler. Aquí pasé tantos buenos ratos y tengo tantos buenos recuerdos, que ahora no
podría dejar de citar a personajes como Teodoro el “Rejo” y la Uge, Manuel el
“Duende” y su mujer, la Feli y Ciriaco, la Sofía y “Tacero” y otros que ahora
no recuerdo.
Era en el portal del Cuartelillo donde nos
refugiábamos cuando llovía, y donde cada año cuando las brevas maduraban, que
entonces las había y muy buenas, nos las comíamos sentados en las escaleras y
al final lanzábamos la piel al techo donde se quedaba pegada para unos años una
vez seca

A la Plazolilla llegaban cada verano después de acampar en la Fuente los
Álamos con sus carromatos los titiriteros, gitanos y húngaros con su mono y su
cabra para hacernos soñar, para impresionarnos al ver a aquel titiritero
caminar sobre cristales y posteriormente ser golpeado con una maza enorme hasta
romper la piedra que le habían colocado encima una vez tumbado sobre los
cristales, todo esto en perfecta armonía, con los niños sentados en el suelo
delante y los mayores en sillas llevadas de casa detrás, y donde los bocadillos
de tortilla francesa desaparecían casi sin darnos cuenta ante tanto espectáculo
y emoción, luego en el descanso se rifaba la botella de coñac con aquellas
tiras de números que guardábamos en nuestros bolsillos con más ilusión que suerte,
y que tanto disfrutábamos cuando la mano inocente sacaba el numerito premiado, todos
repasábamos tira a tira los números, hasta que sin casi darnos tiempo a mirar
nuestras tiras siempre se oía…yo, a mí, me ha “tocao”, y lo mejor es que
siempre nos alegrábamos al ver al premiado, que irremediablemente era o tu tío
o tu primo o tu vecino, aquellas sesiones de titiriteros eran totalmente en
familia cadalseña.
Años más tarde, apareció un matrimonio que desde una furgoneta donde montaban
la máquina de cine, nos proyectaban las imágenes en una pantalla que antes
había sido colocada en la fachada de la panadería de la Corsina, y como con los
titiriteros, la vida y los momentos junto a los tuyos, volvía a ser dichosa.
Hoy la Plazolilla, aunque afeada por los coches, sigue siendo la misma, ya
no están las carnicerías, la panadería también se cerró hace años, el
Cuartelillo desapareció y con él la historia y parte de la vida de sus
moradores, muchos de sus vecinos ya no están, pero aún hoy cuando paseo por la
Plazolilla, oigo sus voces y los recuerdos y la nostalgia me invade, os aseguro
que me gusta y nada mejor para demostrarlo es que ahora estoy escribiendo y
recordando aquellos años, aquellos personajes, y aquellos momentos tan queridos
para mí a pesar del tiempo.
Zorro Corredero
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso