“El Lechuga” está en pie sobre un paisaje castellano. Es un pueblo de la Meseta, situado en una hondonada con iglesia y plaza de toros. En casi la mitad del cuadro, se dibuja un cielo ocre-anaranjado de nubes presagiando tormenta. “El Lechuga” no es un torero famoso y consagrado ni aspira ya a serlo. No es tampoco un torerillo soñador y ansioso de alcanzar el triunfo algún día. No es de esos que fuerzan su figura y se empavonan gallardamente para que, ya que no la fama, tengan al menos el garbo de los consagrados. “El Lechuga” no esperaba nada de esa tarde gris y tormentosa, ni espera nada del futuro mientras intenta olvidar su entrañable pasado. A él también le esperan en su pueblo. Mas quienes le aguardan son el mulo y el arado después de esa jornada de disparate torero. Si te fijas observarás que no estira el capote ni trata de que parezca lo que no es. No muestra los bordados de su vestido raído -ya sin fulgor- sudado por miles de miedos mesetarios generados en pueblos como el nuestro.
Valga este escrito como homenaje a todos esos toreros que se quedaron en el camino o que perdieron la vida por esas plazas en una época muy distinta a la actual. Todos perdieron, al cabo, su juventud quemando sus ilusiones de gloria en las brasas de los agostos mesetarios castellanos...
Miguel MORENO GONZÁLEZ
















