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domingo, 27 de mayo de 2018

San Isidro, las Ventas y las mujeres aficionadas. Por Miguel Moreno


(A Ángela Hernández Gómez, la Clara Campoamor de las toreras)


EL SASTRE, SU NIETA Y EL TORERO COJO EN SAN ISIDRO


-¿Gris perla y oro? Mi abuelo, sastre de toreros e ilusiones, asintió al matador moviendo la cabeza indolente pero convencido. -Los colores oscuros son elegantes, pero no son para usted, maestro. El gris perla le dará elegancia a su porte y a su toreo clásico. Usted realza, ennoblece ese color con su personalidad arrolladora en la plaza, y le transmite al público todo lo contrario de lo que el color gris representa. Hágame caso,-sentenció mi abuelo-.
-Tú calladita, ¿eh? –me dijo el primer día que me llevó a los toros por San Isidro al salir del metro. En los toros no se habla. Se mira, se escucha, se aprende y se está uno callado. Aquella tarde descubrí algo sorprendente para mí, algo más que la confirmación de un presentimiento y mucho más que la iniciación en un misterio desconocido y luminoso. Aquella tarde averigüé que yo tenía un don, un tesoro pequeño y único, incontrolado y sensible. Éste era la capacidad de emocionarme, de brincar de gozo con el alma pendiente del vuelo efímero de un capote inmaculado, era una inteligencia instintiva para entender lo incomprensible, como un pozo de emoción cuya profundidad ni yo misma sospechaba. Miraba al ruedo con los ojos muy abiertos y lo que sucedía en la arena entraba en mí, como si yo solamente hubiera vivido hasta entonces para recibirlo. -Has tenido suerte, Berta –me dijo el abuelo al salir-. ¿Te ha gustado? -¡Mucho! A él no le gustaba hablar pero, sin embargo, a finales de aquel mayo empezó a comentar el cartel conmigo, había descubierto que yo sí sabía escuchar y que era capaz de entender lo que escuchaba.



Años más tarde mis pies avanzaban firmes después de un día entero de trabajo. El sol calentaba sin sofocar y el metro volaba sobre los raíles hasta la estación de Tirso de Molina. En la sastrería de mi abuelo -en la calle Colegiata- me esperaba un torero muy joven, muy guapo, muy consciente de su ambición y de su miedo. –Buenas tardes, ¿qué desea? Pero no le dejé contestar. Me acerqué a él, le puse la mano en su hombro derecho sopesando su figura y le examiné. Vi que tenía la cabeza grande, el pelo muy corto, rubio tostado; los ojos dulces, la nariz recta, los labios apretados y dos manos enormes de labrador, anchas y ásperas, de dedos largos y gruesos. Tenía también un aire decidido e indefenso a la vez, como si no estuviera muy seguro de haber dejado de ser un niño, como si acabara de escaparse de la fotografía antigua de un pueblo castellano seco y olvidado, como si estuviera dispuesto a tragarse el mundo entero de un ansioso bocado. Y entonces vi el hilo, la línea que separa el triunfo del fracaso, tendido entre sus ojos y los míos como un columpio hecho de una luz arabesca y transparente que se balanceaba seductor ante nosotros. Primero observé aquel hilo. Después, por fin, un color.
-Tabaco –le dije-. Tabaco y oro. Y el año que viene estarás en los carteles de San Isidro. ¡Eso seguro! Durante unos segundos, los dos estuvimos callados, inmóviles, como si hubiéramos olvidado movernos extrayendo, sin saberlo, nuestra soledad interior. Él miraba sorprendido la seguridad de mi afirmación. Yo observaba el esquivo escorzo de sus ojos acobardados. Le di un vestido de ese color y se fue lento hasta el probador, nadie se apercibió de su cojera ni de aquellos colores pespunteados a su ilusión.



Yo le aguardé fuera. La puerta no tardó en abrirse y me pareció un mal presagio, pero en eso, sólo en eso, me equivoqué. Él esperó a que yo le viera antes de salir del habitáculo. Sonreía con timidez mirando ladeado. Su cuerpo encajaba perfectamente en aquel vestido nacido de la última intuición de mi abuelo con la minuciosa precisión de un calco. -Estás guapísimo -le dije-. Sus labios se tensaron tanto como si quisieran salir volando, escapar para siempre de su cara. Se dio la vuelta para mirarse en el espejo y echó a andar con su pierna izquierda fuerte, torneada y torera, mientras su pierna derecha, flaca y deforme, aparecía invisible a la luz que matiza los atardeceres en las playas del Mediterráneo, oculta bajo el resplandor que endulza la silueta de los pinares cadalseños después de una tormenta veraniega. Yo le veía avanzar cojo pero más tieso que un húsar, más seguro en cada paso mientras aumentaba su cosecha de ojos desorbitados, de bocas abiertas por la admiración, de clamores interrumpidos en mitad de un natural angustioso y eterno sobre el albero de Las Ventas. No sabía nada de su vida, intentaba averiguar qué toro y en qué plaza una cornada mal dada le dejó cojo. Hasta que llegó al centro del ruedo y una exclamación interior me sobresaltó: -¡¡¡Torero!!!
-¡Va por ti abuelo!, -pensé cuando le sacaba a hombros una multitud enardecida por la Puerta Grande de Las Ventas aquella tarde lluviosa de San Isidro. Según levantaba los brazos triunfante, me descubrió con su mirada entre el gentío y musitó: -Tenías razón, Berta, recomendándome el vestido tabaco y oro que me haría salir triunfador de San Isidro. Le respondí: -Yo sólo te dije que el año que viene estarías en los carteles de San Isidro. Todo lo demás es obra tuya. Cuando le dejaron en la furgoneta que le esperaba en la calle de Alcalá, notó que su pierna derecha le dolía un poco, era como un leve cosquilleo, como una emoción…                        


                                     Miguel MORENO GONZÁLEZ 
                                              
(Inspirado en los textos del cuento Tabaco y Negro, de Almudena Grandes)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Precioso relato. Muchas gracias

Un saludo
Mariano

Anónimo dijo...

Bonito relato

Ana Diaz

Anónimo dijo...

La torera Ángela murió hace poco. Era alicantina y apasionada del toreo. Se sentía torera por los cuatro costados. La mujer de un compañero de trabajo la conocía personalmente por su profesión, era periodista. Una noche coincidieron en un acto social. Y la chica le habló de mi inquebrantable afición. Ángela, le dijo que me comentara si podía conseguirla algún contrato... Le firmó una fotografía y aprovechó para felicitarme por mi afición y rogándome que le buscara un contrato... Pobre, no sabía que yo solo era un simple aficionado Cadalseño y ella una torera cabal. Recordé aquella anécdota cuando me enteré de su muerte por cáncer. El toreo está lleno de gente buena y romántica. Artistas que aspiran a cumplir su sueño de gloria torera y cuando les llega la hora se le llevan consigo.
Gracias a ti, Mariano.
M.M.G.

Saturnino Caraballo Díaz dijo...

MANUEL BENÍTEZ PÉREZ
El Cordobés

Huracán, ventarrón, viento salvaje
del guerrear frenético del toro,
desborde pasional, clamor sonoro
de un mar incontenible su oleaje.

Un duro y espinoso aprendizaje
sin música, sin palmas y sin coro
sobre ruedos que tienen como aforo
desolación nocturna del paisaje.

Por unos y por otros discutido,
negado y aclamado, mas sin duda
marcó época sin trampa ni engañifa,

y al toro encandiló y fue seducido ,
con sus saltos de rana forma ruda
de a un torero hacer quinto califa.

Saturnino Caraballo Díaz
El Poeta Corucho

(Me consta que el Cordobés ayudó a Ángela).