Somosierra

Abedular de Canencia

viernes, 28 de abril de 2017

EL GRUPO ESCULTÓRICO DEL PICAPEDRERO DE CADALSO DE LOS VIDRIOS



EL GRUPO ESCULTÓRICO DEL PICAPEDRERO  DE CADALSO DE LOS VIDRIOS




El hombre del puntero y de la maza
de Cadalso, es perfil definitorio,
y el constante y feroz recordatorio
del polvo que al cantero lo acoraza.


Aquí el conjunto pétreo os enlaza
con el arte que fue un requisitorio,
de construcción del túmulo mortuorio
o catedrales de hispánica raza.


Perforaban metales de la cuña
con sus feroces durezas de aceros,
las piedras, con esa impronta que acuña;


el alma de vuestros picapedreros
capaces de esculpir en dedos la uña
de gárgolas tus maestros canteros.


Saturnino Caraballo "El Poeta Corucho"
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso

jueves, 27 de abril de 2017

El lunático enamorado ( Una historia cadalseña de Miguel Moreno )



EL LUNÁTICO ENAMORADO



            (A tantos que se me fueron sin conocerlos, intuyendo que tenían muchas cosas que decirme y por miedo –o algo así- nunca les pregunté…)


     Según contaban los mayores del lugar descendía de una familia honrada y digna. Testigos elocuentes de aquellos tiempos felices eran sus educados modales y su rica oratoria que hilvanaba con vocablos apropiados a cautivadoras reflexiones. Una tarde que aquella gente tomaba el sol en “El Hornabajo”, les oí referir que cayó en mal de amores cuando en plena juventud fue abandonado por la mujer que amaba sin mediar motivo aparente ni causa alguna que lo justificara; o, al menos, ellos decían desconocer la razón de aquella marcha de su enamorada a lo ignoto. Desde entonces su mente se pobló de un complicado y enmarañado amasijo de pensamientos del que le era difícil separar la imaginación de la realidad, distinguir el cariño del desdén, diferenciar el bien humano del mal divino. Tan lejos llegó el dolor por la pérdida de su amor que la acertada elocuencia del comienzo devino en una suerte de metáforas, símiles y alegorías de imposible entendimiento para los demás. Y, al fin, tanto se abandonó al recuerdo de aquel querer que fue presa fácil de infinitas alucinaciones que le fueron cambiando el juicio hasta convertirlo en una rara mezcla de lucidez y locura, amarga combinación de sutiles ocurrencias ensartadas a frases incoherentes. Hasta las madres prohibieron a sus hijos acercársele aunque los más osados desobedecían aquellas recomendaciones ante el placer de tentar lo prohibido. Otros le canteaban y se mofaban de él cuando presa de sus tautológicosdevaneos cruzaba las calles de Cadalso gritando extrañas aventuras que tenían por antagónicos protagonistas el Cosmos y un Dios insólito al que maldecía porque, según él, estaba empeñado en destruir la luna. Sin embargo, había niños que gustaban de oírle las tardes soleadas sentados en corro sobre las piedras del “Cantogordo” y “Lancha Resbalosa”. Un niño comentó cómo, con gran precisión y lujo de detalles, les explicó que partiendo de árboles enormes parecidos a los de “La Fuente de los Álamos” podían llegar a hacerse libros y lapiceros con su mina interior y todo. Esos lapiceros -les dijo-, guardarán siempre los olores característicos de la infancia en lo más recóndito de vuestras memorias y así, en el futuro, podrán alegrar el otoño de vuestras vidas.



     Gustaba de buscar por las papeleras revistas de colores chillones y tacto suave a los dedos de las que, con recto trazo y pulso firme, recortaba cromos que adhería con pegamín a las hojas blancas y gruesas de un voluminoso cuaderno de anillas que usaba a guisa de álbum. Un atardeder con cielo de intensos y variopintos colores, que se descubría entre los huecos que abrían las nubes que surcaban vertiginosas el espacio, le sorprendí pasando apacible y melancólicamente sus páginas sentado en la valla de piedra de La Corredera. Observé por encima de mi hombro y el suyo recortes de bellos rostros de mujeres con expresiones felices y risueñas pegadas sobre un fondo de paisajes cubiertos por copiosas y compactas nevadas. Al pie de aquellos santos había escrito rimas de Bécquerel poeta que murió de melancolía- acompañadas de frases y citas cortas que supuse de su invención. Aquella composición resultaba en su conjunto de original plasticidad y tan conmovedora que dejó honda huella en mi recuerdo. Del enigma de aquellas fotos femeninas superpuestas sobre fondo de nieve, aún hoy, inconscientemente, sigo preguntándome.

     Vivía apartado de todo y de todos y en las atardecidas vagaba ensimismado por el Pinar del Concejo buscando algo que nunca supe si encontró. Su relación con la gente se limitaba a hablar esporádicamente con una familia vecina que le pasaba comida, cariño y un poco de comprensión. Yo nunca intercambié palabra alguna con él, me dejaba llevar de una extraña timidez que en el fondo ocultaba un cierto temor a ser respondido con aspavientos, quizá fuera por eso que siempre me limité a observarle desde discreta distancia.



     Una mañana luminosa, de esas que te hacen sentir que aún estamos a tiempo de que no se pierda todo, de que es tiempo apropiado para atrapar un trocito de vida que le justifique a uno su vivir; aquella mañana, digo, recuerdo que comentaron en El Hornabajo (en la puerta del Bar Sevilla, antes de que llegara El Gato de Madrid), que su vecino fue a llevarle un plato de caliente y se encontró la puerta cerrada -le pareció extraño a esa hora- y, después de llamarle a voces, se decidió a descorrer el cerrojo  -único cierre en su feble puerta de madera- y entró en su casa. Cuando sus ojos se acomodaron a la oscuridad divisó en la cocina (aquellas cocinas-comedor de los pueblos…) un vasar que albergaba un almirez, una palmatoria con una vela y un puchero; debajo, dos vasares más repletos éstos de libros entre los que se advertían algunos de Bécquer, Cervantes, Delibes, Miguel Hernández, Llamazares, Martín Gaite… De la chimenea pendía un cuadro en el que se distinguía una pareja de campesinos que segaban -¿en Paracuellos?- la mies que echaban sobre un carro cercano apoyado sobre dos tentemozos, la mula mientras tanto pacía ajena al bochorno del estío castellano que se adivinaba envolviendo el paisaje. A la izquierda de la pieza reposaba un banco de madera cubierto con un jergón, ideal para dormir al calor de la lumbre en invierno y soñar en verano. Sobre el fogón de piedra de granito yacía el álbum y un pequeño transistor cubierto con una funda que tenía grabada la palabra Sharp; al parecer, en sus largas madrugadas de insomnio, se entretenía oyendo programas en los que se lanzaban angustiosos mensajes de seres humanos que, como él, vivían sumidos en la perplejidad y la soledad más absoluta. Todo aparecía ordenado y pulcro arropado con un silencio que era el compañero idóneo de la casa, sólo roto por una tenue y delicada voz femenina que invitaba desde la radio a saborear un día maravilloso; hubo quien creyó apropiado acompañar esas palabras con el fondo musical del adagio de Benedetto Marcello para que no desentonara del ofrecimiento hecho por la locutora.



A su vecino no le resultó complicado extraer una hoja de papel que él asía con fuerza entre los dedos de su mano izquierda. El gesto de la cara era apacible, incluso podía adivinarse una mueca feliz en los labios. El cuerpo estaba relajado y apoyado sobre la chimenea, con el brazo derecho adormecido y tendiendo su semiabierta mano hacia un vaso de agua. Los ojos parecían estallarle en la cara con esa mirada de zahorí penduleando entre bondadosa y risueña, casi idéntica a la de las mujeres que coleccionaba, el mirar se dirigía hacia el fondo de una ventana en cuyo cristal rilaba la luna en noches serenas. Un pequeño manojo de pelo le caía sobre la frente procurando al rostro un irresistible impulso de infinita ternura. Muy lento, bajo la ventana, desdobló el papel acariciándolo dulcemente –ya en ese momento sus mejillas relucían empapadas-, quedamente, leyó: “-Si alguna parte de mi cuerpo puede aliviar a alguien que lo necesite, aprovéchese en buena hora; el resto, junto a mi cuaderno y el transistor depositarlo en el pinar, cerca de la Casa de Tablas. Llevarme a esa hora perezosa que anuncia la noche. No quiero cortejos religiosos en los que pueda aparecer una conmiseración que yo nunca percibí”. Dobló a su origen el papel, desolado pensó que a ese hombre le sobrevino inesperadamente una avalancha de utopías, comprendió que en ocasiones los hombres con apariencia de espíritus débiles son capaces de los actos más hermosos y admitió que el amor, únicamente el amor con su carga de pesares, fue capaz de acabarle. También se muere de mal de amores, sentenció cabizbajo saliendo de la casa.

Ya por aquel entonces el ambiente era caluroso y no tenía mucha razón de ser salir por las noches detrás de la casa, antes de acostarse, a ver cómo estaba la atmósfera para el día siguiente. Por encima de todo comenzaba a reinar el verano. Sin prisas, sin ceremonias pero ceremoniosamente, lo llevaron cuando el día languidecía allá dónde él dejo dicho. Sus vecinos le acompañaron en unión de un grupo de personas que no caían muy bien a las buenas gentes del lugar. Muchedumbre rara, sin duda, de esas que se niegan a marchar con las gentes de bien. A los niños les prohibieron ir. Pero tres de los más rebeldes, que acusaban ciertos síntomas sospechosos de perniciosa sensibilidad que disimulaban con sus carteras a la espalda, acudieron escondiéndose entre las retamas, las jaras y los pinos. Cuando todo el mundo desapareció esparcieron por el lugar un montón de lapiceros, un libro de amores imposibles y una foto en blanco y negro de una mujer con expresión feliz y sonriente. “El amor es el arte con el mayor grado de dificultad”, rezaba la dedicatoria escrita con bellos caracteres femeninos en la parte inferior izquierda de la foto y rubricada por una firma ilegible. La encontraron en La Corredera un día de mucho viento, cuando jugaban con el resto de los niños al escondite. La tuvieron oculta en el fondo de una cartera esperando junto a libros, lapiceros, gomas y alguna que otra costrita de sus rodillas a que llegara el otoño a sus vidas.

                                      
Miguel Moreno González 
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso

martes, 25 de abril de 2017

Increíble Perú. De Puno a Cuzco. Pucará y Abra la Raya, a 4335 mts.


De Puno a Cuzco. Perú
Pucará y Abra la Raya





El viaje entre Puno y Cuzco es algo que si viajes a Perú debes realizar, por las dos ciudades que son una maravilla, pero también porque el trayecto entre ambas está lleno de color y vida y de  enormes sensaciones  que te agradarán y te servirán  para conocer las formas de  vida de  los habitantes de estas altas tierras del altiplano peruano. Para haceros una idea vamos a ver las altitudes; Puno a 3828 m. Juliaca a 3825 y Abra la Raya 4335, lo que quiere decir que estamos entre 3 y 3,5 km por encima de Cadalso, impresionante, no? La salida de Puno es temprano, creo que fue sobre las 7,30 horas, ( Bus Cruz del Sur ) y aunque el recorrido son unos 390 km, el autocar tarda unas 8 horas, pero con algunas paradas para las  visitas. Todo  el  trayecto es  un  inmenso  paisaje  jalonado  de muchos lugares de  interés, algo turísticos según la fecha, pero que nos reportarán muy buenas  sensaciones de este país. 

Juliaca, es  la primera  población grande  que atravesamos, no  paramos y continuamos  hacia Pucará, un pueblo pequeño que se encuentra a 110 km de Puno, es la primera parada, y aquí se puede visitar el templo de Santa Isabel que fue construido en 1767 por los Jesuitas españoles. También debemos hacer una visita al Museo Lítico para conocer la cultura Pukará, madre de las culturas Inca y Tiwanaku, que se desarrolló entre los siglos II a.C y VI d.C  . El museo alberga esculturas de piedra recuperadas de unas cercanas excavaciones donde se encuentran las ruinas del núcleo principal de esta cultura.

 Y antes de abandonar el pueblo, seguramente ya nos los habrán ofrecido, no debemos dejar de comprar los famosos "Toritos de Pucará", toros que la gente coloca en el tejado de sus casas como protección, ya que dicen que con ellos nada malo les sucederá. Yo compré un par, pero todavía no los he colocado en el tejado, de momento descansan en el salón. 

Nuestro siguiente destino es Abra la Raya, un puerto de montaña a 4335 m.s.n.m. a mitad de camino entre Puno y Cuzco, límite entre ambas regiones y lugar de obligada parada, por el paisaje, por los puestos de artesanía y para observar el Nevado Chimboya de 5489 m.s.n.m. y sus glaciares. Nada más interesante que ver, fotografiar y comprar algo en estos puestos y a esta altitud, con una paisaje grandioso, aunque no había mucho sol, baja temperatura, y con el miedo que te meten sobre el mal de altura, que aquí llaman "soroche", pero que en ningún momento noté, tal vez por las infusiones de coca que me tomé durante todo el recorrido. 

Lo próximo: De Abra la Raya a Cuzco visitando Raqchi, Viracocha, Andahaylillas y Rumiqolca.


    Puno, junto al lago Titicaca. 

    Puno a 3828 m.s.n.m.

    Mercado en Juliaca.  

    Poblado cerca de Juliaca 

    Llanuras y montañas 

    Un paisano conduce sus llamas en Pucará 

    Pucará 

    Templo de Santa Isabel en Pucará 

    Museo Lítico de Pucará    

                            Monolito del Museo de Pucará



                            Estela de Suche 

    Niños vendiendo  "Toritos de Pucará"

    Mujer descansando en la puerta del templo de Santa Isabel 

    Toritos de Pucará 

  Anciana en Pucará 

    Toritos de Pucará 



    Templo de Santa Isabel en Pucará 

    Ganado pastando en la praderas del altiplano. 

    Montañas y praderas enormes pasan ante nuestros ojos 

    Pueblos  perdidos en la inmensidad de los Andes  

    Santa Rosa, refrescos y teléfono público

    Santa Rosa y su cementerio.  

    La carretera se eleva 

    Casas y establos para el ganado con las cumbres nevadas de los Andes 


    Nevado Chimboya 5489 m.s.n.m.


    Abbra la Raya a 4335 msnm. 


    Montañas de Abbra la Raya

    Vendedor de artesanía local. 




    Un mercado a 4335 m.s.n.m, todo un reto. 

    Colores del Perú 


Zorro Corredero
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso 

lunes, 24 de abril de 2017

Poema a la Corredera de Cadalso



CORREDERA, CORREDERA




Corredera, Corredera
protagonista de actos
y antiguas firmas de pactos,
sobre el viñedo y la era.
Corredera mensajera
de cuantos hechos puntuales
fueron origen de Anales,
de Cadalso y de su gentes
en inviernos indulgentes 
y en días primaverales.

Saturnino Caraballo Díaz
El Poeta Corucho

domingo, 23 de abril de 2017

Crónica de la Procesión del Silencio 2017 de Cadalso de los Vidrios. De la calle Real a la iglesia


Procesión del Silencio 2017

De la Calle Real a la Iglesia



Continuando con la Procesión del Silencio, las imágenes continúan por la calle Real abajo hasta el Hornabajo donde como es tradicional toma la Ronda de Madrid para dirigirse a la Avda. de la Constitución, una subida que notan los costaleros, y ya coger la calle Pedro Álvarez con destino al punto de salida y la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, final de la procesión. 
Este año noté mucha más afluencia de gente, tal vez por el buen tiempo o porque se despertó la fe en nosotros por motivo de la Semana Santa, algo que no viene mal en estos tiempos que corren.

Es mucho lo que se percibe en nuestra Procesión del Silencio, el calor de sentirnos abrazados por Cristo y por todos los que nos rodean, el temblor de sentimientos al escuchar los sones de la música que resuena en la noche mientras nuestras miradas se elevan para ver las imágenes, mientras el silencio apenas supera la exaltación. Es una noche de vida, donde nuestras sombras caminan unidas en tantas cosas que a veces nos quedamos petrificados por la quietud que impone la marcha, y sólo el 
ruido de tambores nos devuelve de nuevo al momento de continuar con pasos suaves, como la brisa que se desliza por los tejados de Cadalso. Y llegamos al final, al calor de nuestra casa, que no es otra que la iglesia, donde siempre se oyen respirar los sueños del pasado, los suspiros de tantos y tantas que formamos hoy y ayer la comunidad cadalseña, y entonces el tiempo parece detenerse.
A todos los que hacéis posible que estos sentimientos renazcan cada año os doy las gracias, a nuestro Párroco Don Carlos, a los músicos, costaleros, a los que nos emocionan con sus saetas, a cofrades hermanos y hermanas y por supuesto a Cadalso nuestro pueblo y a su patrón el Cristo del Humilladero, también representado en el Ecce Homo y el Nazareno, a la Virgen de la Soledad y ese pequeño pero íntimo Cristo de los Niños, y desde luego a todos los que con vuestra presencia y devoción hacéis mucho más grande esta procesión. 

Felices Pascuas de Resurrección a todos-as

    Ronda de Madrid






    Avenida de la Constitución









    Calle Pedro Álvarez












Enlace: Ver "de la iglesia a la calle Real"



Zorro Corredero
 Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso