Flores de Cadalso

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Pinturas iglesia

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En el año 1947 se realizan las pinturas del Altar Mayor, pinturas que los de cierta edad hemos conocido, el pintor se llamaba Félix y cuentan....

viernes, 8 de enero de 2016

Un amor de verano en Gredos



  La cabra y el Zorro. Una historia de amor en Gredos


    Amiga cabra, amiga de las cumbres.

Fue un día de verano, de esos que el ambiente y la vida te son propenso para ser feliz, sentir la inigualable belleza de un lugar al que siempre he amado y el regalo de volver a encontrarte con una amiga en este  salvaje espacio, pero también duro y difícil para vivir. El destino me llevó, una vez más, a la cumbre del Morezón, y allí apareció un personaje al que había conocido años atrás, fue al principio un encuentro extraño, sin apenas palabras pero con una mirada que comenzaba a enviar mensajes al cerebro, mensajes llenos de ternura y grandes recuerdos vividos. Si, era ella, era mi amiga después de algunos años.


    Mi amiga en su tierna juventud.

 
    Junto a su madre.


La conocí cuando era una juguetona cabrilla y avanzaba junto a su madre, era pequeña, tal vez no llegara a los dos meses de vida, pero el terreno donde se movía la había dotado ya de un gran carácter salvaje y de una adaptabilidad al terreno que sólo las de su especie consiguen en tan corto espacio de tiempo.


Cuando la distancia fue más corta, sentimos la proximidad de la amistad, el cariño por compartir y la extraña sensación del amor. Pronto comenzamos a hablar, nos contamos nuestra vida, una en el valle y la otra en la montaña gredense, comimos juntos mientras la vista nos regalaba el inmenso Valle del Tietar abajo, muy abajo, las más altivas cumbres de Gredos junto a nosotros.



Ella alargaba su cuello, perecía que quisiera tocarme, sentirme cerca, yo notaba la fuerza del animal salvaje que curtido es este espacio donde es tan fácil dejar de ser y tan difícil sobrevivir, necesitaba el calor y el cariño humano que la podía proporcionar una persona conocida, alguien que siempre ha amado la montaña y que conocía, a su manera, desde hacía años.



Y al terminar la comida, bailamos sin abrazarnos, pero juntos, mientras los picos de Gredos con el Almanzor y la Galana por encima de todos nos miraban extasiados, llenos de envidia, incrédulos ante tanto amor, sorprendidos por el destino de estos dos personajes tan distintos, pero a la vez tan unidos a esta naturaleza que nos tenía atrapados.
No recuerdo cuánto duró la danza junto al precipicio, si recuerdo el silencio sólo superado por las emociones, escuchar el suspiro de nuestro juego y la extraña sensación de que lo que estaba ocurriendo era irreal, como si un sueño se hubiera apoderado del espacio, de los personajes, de la vida cotidiana de Gredos.



   Baile en las cumbres.


Sólo una mirada me despertó del sueño, sólo una presencia me hizo recapacitar, percibir el temblor de lo que no puede ser, de aquello que ocurre en un momento y desaparece en otro. Si amigos, allí junto a nosotros una mirada penetrante de un macho joven que reclamaba lo suyo, fue más que suficiente para entender lo que iba a ocurrir. Pasaron unos segundos hasta que el macho atraído por el olor descubrió a su amada, luego se miraron y el tiempo se detuvo, no hubo chillidos ni extraños movimientos, todos, los tres, sabíamos lo que estaba ocurriendo y así se lo hice entender a mi amiga.


                       El macho.

Ante la atenta, pero nada agresiva mirada del macho, detuvimos la danza, nuestras miradas se cruzaron y con un gesto la dije que esto había terminado, ella pareció entenderlo y sin apenas mirarme, tal vez para no sufrir, se unió a su amado y juntos se lanzaron en un vertiginoso descenso ladera abajo. Mi mirada los perdió cuando se unieron al resto de su especie en los jugosos cervunales del Puerto de Candeleda. 




Gredos aquella tarde tenía la imagen de la soledad, del sueño que acababa en ese mismo instante, de la naturaleza salvaje que en forma de cabra surca los riscos del macizo, pero más que nada tenía la imagen del acercamiento a lo amado, del olor a cervuno y de la alegría por haber vuelto a vivir un día más lo que acontece junto a sus cumbres. Sentado en el Parador mi mirada se volvió por un instante, no sentí nada, sólo la lejanía de las montañas, al aprecio por esta tierra y el calor de un café en la comodidad de nuestra vida diaria, arriba la vida seguía como siempre, dura y salvaje.


    Circo de Gredos desde el Morezón.

 
   Parador de Gredos.


 Zorro Corredero
 Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso

4 comentarios:

Miguel Moreno González dijo...

¡Qué bien transmites sentimientos, emociones, amores...! Precioso reportaje. Gracias.

Jos dijo...

Muy bonito,pero no se debe dar comida a estos animales.

Anónimo dijo...

Magnífico reportaje Pedro. Me ha entusiasmado, emocionado y yo qué sé........... Lo comparto.....

José Luis Villatoro

Anónimo dijo...


Pareces el pastor de Gredos. Como dominas

Mariano