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Esperando que la nieve vuelva, ya queda menos.

Majalcobo

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lunes, 4 de enero de 2016

Lancharrasa en otoño, un sueño cercano en la Sierra de Cadalso



Y el castañar de Lancharrasa se llenó de vida y color, de otoño cadalseño, y de emociones.



El tiempo ha ido formando el paisaje de Lancharrasa, los castaños, robles, encinas, pinos y arces pueblan hoy lo que en un pasado no muy lejano fueron lugares de huertos cadalseños, entonces mezclados con la vegetación arbórea, la cual poco a poco y tras abandonar dichos huertos ha ido inundando toda la falda de la montaña que aquí en Cadalso llamamos Sierra.
 
 

 


 En todas las estaciones una visita al Castañar de Lancharrasa nos puede sorprender, pero es en el otoño cuando más color podemos encontrar, colores que lo llenan todo, que nos transportan a otros bosques más grandes y famosos, pero que a medida que vamos recorriendo la pequeña senda que se adentra hasta lo más profundo, allí donde apenas los rayos del sol penetran, donde las sombras y la humedad son compañeras, nos vamos dando cuenta de la extraordinaria belleza de este espacio cadalseño.
 
 
 
 

La mejor manera de recorrer este lugar es despacio, observando lo que nos ofrece a cada paso, sintiendo lo que vamos descubriendo en cada mirada, oliendo lo que la naturaleza salvaje nos entrega a cambio de nada, simplemente respetarlo. Al principio y tras dejar el amplio camino que en elevada subida nos conduce hasta la entrada, nos vamos internando sin mucho convencimiento de que a nosotros, los que somos de Cadalso, nos sorprenda, es la mala intuición que tenemos de creer que conocemos el lugar, pero nada más alejado de la realidad, porque una vez dentro y cuando ya el sol ha desaparecido por la frondosidad de las ramas de los castaños, la mirada de todos los que por primera vez llegan hasta aquí, se pierde en los rincones que ante sus ojos van apareciendo, el silencio se apodera de sus bocas y sólo tras tomar conciencia de lo que están viendo, se atreven a decir algo. Esto es una maravilla, este lugar es el más bonito de Cadalso, aquí se ha parado la vida, cosas como esta he oído decir a los que hasta aquí llegan por primera vez.





Suelo cubierto de hojas viejas que adornaron pasados otoños, troncos cargados de líquenes que emanan de la humedad de fríos y lluviosos inviernos, rocíos otoñales que poco a poco han ido configurando este paisaje, animales que habitan y buscan el alimento entre la espesura, castañas y bellotas que les sirven de alimento, colores y olores que inundan la vida de este paraje, sensaciones vividas a cada paso y en cada momento, un zorro que abandona su trillado camino tras el rastro de un pequeño roedor, jabalíes que remueven la tierra en busca de raíces y olfatean el agua cercano de algún manantial, suspiros inquietos al ver sobrevolar al águila imperial o a una pareja de buitres leonados, sorpresa al descubrir alguna seta entre la hojarasca, todo el bosque nos hace flotar, parece que los troncos y las ramas se elevaran hacia la atmósfera como columnas de humo. Todo esto es el Castañar de Lancharrasa.





Entre la niebla otoñal se percibe la masa de castaños, es un paisaje que inquieta, que no termina de perfilarse y cambia a cada momento, es esa extraña sensación de creer por un momento que nuestra silueta andante forma parte de ella. No quiero volver, me gusta estar y sentir aquí, todo es diferente, hasta los que hasta aquí llegan, cambian su manera de ser y comportarse, son las voces de su interior que les llaman y les convencen para amar y admirar esto que ven. Es posible que simplemente sea huir de lo que se tiene más abajo, del día a día que te oprime, de la sombra que nos da miedo, del riesgo de la propia vida, lo que nos introduce en el verdadero camino de la libertad que nos proporciona la naturaleza, el lugar al que pertenecemos y la extraña sensación de estar vivos que nos proporciona la lluvia, el aire y todo lo natural que se respira.



 

Tal vez todo sea exagerado, tal vez, pero sólo estoy describiendo mis sentimientos, aquellos que emana en mi cuando visito este espacio, lo que siento y percibo y lo que más tarde me gusta recordar. Es cierto que existen lugares en otra parte que superan en casi todo a nuestro Castañar de Lancharrasa, pero ninguna es tan nuestro como este, ninguna es tan cercano y está tan cargado de historias cadalseñas, las cuales se van perdiendo para siempre a medida que los más mayores nos dejan. Hoy nuestros pasos nos han conducido hasta la Sierra, nuestros recuerdos nos han llevado al pasado cadalseño, mañana tal vez nos confundamos con el susurro del bosque y caigamos en el riesgo del vacío de la memoria, pero estoy seguro que para entonces ya habrá otros cadalseños que sentirán la misma llamada que nosotros, la de la Sierra salvaje y su castañar.


 



Zorro Corredero
Fotos: Archivo Fotográfico Pedro Alfonso


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Pero esta belleza esta en Cadalso? A ver si vamos. las fotos son de calendario.

Mariano

Anónimo dijo...



Preciosas fotos.

Pedro Alfonso dijo...


El fotógrafo sólo tiene que disparar, la verdadera magia está en el entorno del Castañar de Lancharrasa.

Gracias
Un saludo

Angel Calvo Villarin dijo...

Muy bonito

Saturnino Caraballo Díaz dijo...

LAS ENCINAS DE CENICIENTOS

Cerro de Colino encinas
y encinas del encinar,
adorno de las colinas
junto al verde del pinar.

Encinas de Cenicientos
siempre leña de su hogar,
nacidas en sus cimientos
y arboledas de su lar.

Por los cerros cenientales
el chaparro es montaraz,
y de lejos son vestales
muy jóvenes y en agraz.

Jornaleros sin jornales
entre la nieve invernal,
allegaban sus caudales
de un chaparral ceniental.

Con el hacha y el podón
y mula que sola va,
entre copos de algodón
la tarama el pan le da.

Y limpio se hallaba el monte
y los incendios muy raros,
y en el cerro un horizonte
de los encinares claros.

Chaparros bajos y encinas
que dais sombra al caminante,
descorred vuestras cortinas
y decidme que hay delante.

Saturnino Caraballo Díaz
El Poeta Corucho

Saturnino Caraballo Díaz dijo...

LA SIERRA DE LANCHARRASA

La Sierra de Lancharrasa
tiene un nombre que enamora
y es apacible su aurora
y de día el sol no abrasa.
El sol la mira y repasa
a sus copudos castaños
añorando a los rebaños
que pastaban a su sombra
vellones blancos y alfombra
que se han tragado los años.

Saturnino Caraballo Díaz
El Poeta Corucho